“Síndrome Postvacacional”

Después de unas merecidas vacaciones, me reincorporo a la rutina como todos los demás, con todos los cambios que ello supone incluido el tan cacareado “Síndrome Postvacacional”…

El “Síndrome Postvacacional” es una entidad a la que se le está dando cada vez una mayor importancia aunque no está aceptada como enfermedad en las principales clasificaciones psiquiátricas internacionales. Hace unos años prácticamente era desconocida su existencia, lo cual no quiere decir que hubiera personas que lo estuvieran padeciendo. Aclarar que no debemos confundir el síndrome postvacacional que comentaremos aquí (liviano, pasajero y que afecta a un porcentaje importante de la población), con una Depresión (más grave, permanente, y que requiere apoyo psicológico).

El hecho de que hace años no estuviera tipificado un problema como éste, se puede deber a que o no se diagnosticaba o no existía. Si esto último es lo cierto, se está ante un proceso que se ha generado en los últimos tiempos y por lo tanto en cierta forma fruto de la vida moderna. Esta relación causa-efecto con la modernidad vigente, puede hacer levantar sospechas sobre el posible origen en el estilo de vida actual. Existe falta de acuerdo ante la oportunidad de hablar o no de enfermedad, para algunos autores es simplemente una situación transitoria y en parte normal, opinión con la que estoy de acuerdo.

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¿Cómo definir el Síndrome Postvacacional?

Se trata de un conjunto de síntomas, que aparecen a la vuelta de las vacaciones. Sería semejante a un trastorno del estado de ánimo pasajero, donde aparecen temporalmente combinados síntomas de depresión y ansiedad. Podría definirse como una dificultad de adaptación al trabajo y escuela tras la finalización de las vacaciones, y afecta no solo a los adultos, sino también a niños y adolescentes.

Debe remarcarse que se trata de un estado liviano y pasajero, que ha existido siempre, pero que en los últimos tiempos se ha estudiado, se han unificado criterios y se le ha puesto un nombre, quizá en la tendencia actual de etiquetar cualquier malestar. No se trata de un trastorno o enfermedad mental, sino de un estado transitorio de adaptación que no precisa para su superación intervención psicológica especializada, solo de medidas preventivas relacionadas con el sentido común.

Síntomas

Estamos ante un conjunto de síntomas que reflejan un estado de ánimo. Lo habitual es padecer a la vuelta de vacaciones un cuadro de debilidad generalizada y astenia. Puede haber problemas de insomnio que conviven con una somnolencia importante a lo largo del día, irritabilidad, falta de concentración, tristeza, melancolía, visión negativa, apatía, ansiedad; y en ocasiones pueden estar acompañadas por alteraciones somáticas como dolores musculares, tensión, falta de apetito, palpitaciones, taquicardias, sensación de ahogo…

¿Cuánto dura el síndrome?

Depende de factores individuales, de lo que cada persona necesite para readaptarse a la vuelta al trabajo y a sus obligaciones, pero lo normal es que dure de dos días a una semana, aunque algunos estudiosos hablan de que puede prolongarse hasta los quince días. Si se prolonga más allá de este período y persiste el malestar, seguramente estemos ante otro tipo de problema psicológico mayor como una depresión, dificultad de adaptación general o alguna cuestión más grave en el ámbito laboral (burnout, mobbing) o en el escolar (bullying).

Aquellas personas cuya satisfacción personal hacia el trabajo sea menor, tendrán una mayor dificultad en su adaptación postvacacional. Los estudios apuntan que un 35% de trabajadores españoles de entre 25 y 45 años sufren esta alteración.

¿Qué se esconde detrás? ¿Por qué nos ocurre esto?

Principalmente por dos cuestiones, la primera tiene que ver con el desajuste horario, el cambio que se produce en el ritmo diario entre el período vacacional y el laboral/escolar. Los cambios en las rutinas de sueño sobre todo, comidas, actividad social. Durante las vacaciones no contemplamos ninguna rutina en torno a ello, simplemente funcionamos ante las demandas de nuestro organismo; y al reincorporarnos al trabajo y escuela regresamos a un entorno de demandas y exigencias, en las que debemos de volver a regular nuestro organismo con unos horarios preestablecidos.

Algunos expertos afirman que también podría intervenir en los desajustes del sueño y del estado anímico un cambio que se produce en los niveles de hormonas del hipotálamo, un reloj biológico interno que adapta este proceso, dicha región del cerebro detecta los cambios de luz, indica los tiempos de relajación y ciertas necesidades fisiológicas, así como también regula la melatonina y serotonina implicados en la regulación del sueño y la vitalidad de nuestro organismo. Evidentemente todos estos procesos en la vuelta a la rutina se ven alterados por los cambios en los horarios de sueño, comidas y el cambio de hora del otoño.

La segunda tiene que ver con la visión dicotómica entre trabajo y vacaciones, el primero valorado como rutinario, aburrido y obligado, en contraste con todo lo que significan las vacaciones y el disfrute del ocio que conlleva. En este sentido algunas personas no son capaces de disfrutar con su profesión o puesto de trabajo, siendo para estas personas más probable que padezcan el síndrome postvacacional.

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¿Qué se puede hacer para evitarlo, o por lo menos reducir sus efectos negativos.?

En general suelen darse estos consejos para que el tránsito entre el período vacacional y el laboral no resulte tan duro:

Fraccionar las vacaciones, si se puede, en períodos más pequeños distribuidos a lo largo de todo el año. Los cambios en los hábitos no serán tan drásticos y permanentes, por lo que la incorporación no será tan traumática. Ello nos permite disfrutar de varios periodos lúdicos a lo largo del año.

Regresar de las vacaciones un poco antes para irnos acostumbrando, no justo el día previo a nuestra incorporación laboral y evitar si se puede que coincida con lunes. Ir adaptando nuestro ritmo al habitual, a los horarios, rutinas y entorno, sobre todo para ir acostumbrando a los más pequeños que han estado especialmente dispersos durante las vacaciones.

Incorporarse gradualmente al trabajo, por ejemplo que el primer día sea de contacto con los compañeros, de compartir experiencias, organizar la agenda, responder correos… sin angustiarnos por cumplir de manera estricta con nuestras obligaciones rutinarias, semejando los primeros días de clases de los niños que son mas lúdicos.

Reconocer nuestro malestar, y ser conscientes de que nuestro rendimiento irá creciendo en un par de días. Saber que es un problema pasajero y hasta cierto punto normal.

-Seguir realizando tras la vuelta a la rutina actividades gratificantes (algo de ejercicio, pasear, …).

Planificar actividades lúdicas a lo largo de todo el año y no concentrarlas sólo en el período estival, por ejemplo planificar la visita a un museo, asistir a un concierto, … También es necesario respetar el descanso de los fines de semana, y tener algo de tiempo de ocio personal cada día.

Y lo más importante desde mi punto de vista, retomar la vuelta al trabajo con una actitud positiva, con visión de reencuentro con la normalidad, con las tareas, compañeros y amigos, rutinas y nuestras obligaciones, así también les transmitiremos esta actitud a nuestros hijos para la vuelta a la escuela, tengamos en cuenta que para ellos también supone un cambio y una vuelta a unas normas y horarios que no han tenido durante sus vacaciones.

 Por último, y aunque suene a tópico en estos tiempos, apreciar lo que tenemos, en estos momentos en que hay tantas personas en paro, tenemos que valorar nuestra incorporación al trabajo desde una visión optimista, reconociéndonos privilegiados por contar con un empleo. En tiempos de crisis, volver al trabajo ya resulta un aliciente!.

¿Sufres o has sufrido del síndrome postvacacional? Te invito a que lo compartas…

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